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  • Alimentaria.

    El domingo aterrizamos en Barcelona con una idea clara: aprender.

    Y sí, aprender aprendimos.

    Pero también íbamos con algo bajo el brazo. Nuestro pan. Nuestro trabajo. Nuestra manera de hacer las cosas.

    Alimentaria bajó hoy el telón jueves…  Dos años hasta la siguiente. 

    Ya estamos apuntados. Porque hay sitios a los que no se vuelve por costumbre, sino por convicción.

    Escuchar a Enrique Tomás —un tendero, como él se define— fue uno de esos momentos que justifican un viaje entero. Gente que ha entendido algo esencial: vender no es despachar, es ​tener identidad.

    Pero lo verdaderamente importante no estaba en él.

    Estaba en lo nuestro.

    Ernesto. Amigo y compañero. Argentino de nacimiento, canario por adopción y por carácter. Se plantó delante de un auditorio atento —de esos que no regalan nada— y habló.

    Y no habló para gustar. Habló para contar.

    La cerveza Vulcanaloe.

    Cómo se hace, sí. Pero, sobre todo, por qué merece existir. Y cuando alguien explica eso con verdad, no necesita adornos. La gente escucha. Y entiende.

    Hay proyectos que nacen débiles y mueren rápido.

    Y hay otros que nacen con intención de quedarse.

    Este es uno de esos.

    Me vuelvo con la sensación clara de que vamos por el buen camino.

    Y con algo que no se compra: el orgullo de saber con quién caminas.

  • Infelices.

    No, no se puede ser infeliz en Haría.

    O al menos, no de la manera en que pretenden convencernos.

    Resulta que una empresa —con nombre extranjero y vocación estadística, Sonneil Homes— ha decidido que este rincón del norte de Lanzarote es el lugar donde habita la infelicidad.

    Uno lee eso y no sabe si reír o resignarse.

    Haría no es un dato.
    Haría es un paisaje.

    Un lugar donde la tierra aún conserva dignidad, donde el silencio no es incómodo y donde el tiempo no corre, sino que se posa.

    En este municipio la naturaleza no es decorado, es presencia. Y quien no entienda eso, difícilmente entenderá nada.

    Es cierto: aquí no hay grandes espectáculos ni estridencias. No las necesita.

    Haría no compite por llamar la atención; simplemente existe, con esa obstinación tranquila de los lugares auténticos.

    ¿Carencias? Por supuesto.

    Pero confundir carencias materiales con infelicidad es una simplificación tan pobre que casi resulta ofensiva.

    Porque si algo define a Haría —más allá de su geografía— es su gente. Personas que aún conservan algo que en otros lugares se ha perdido: el trabajo sin ruido​ y la hospitalidad sin cálculo.

    César Manrique lo supo.
    No vino aquí por error ni por capricho.

    Vino porque hay lugares que no se eligen: te eligen.

  • San Patricio

    Siempre hemos mantenido una relación magnífica con el visitante irlandés.

    No es algo reciente ni fruto del azar.

    Desde hace muchos años, Lanzarote ocupa un lugar especial en el mapa emocional de quienes llegan desde Irlanda.

    Nuestra experiencia con el cliente irlandés ha sido siempre muy positiva.

    Es un visitante respetuoso, interesado, atento a los detalles.

    Cuando entra en nuestras tiendas no se limita a mirar: pregunta, se interesa por cómo se hacen las cosas, por los procesos de fabricación, por el origen de los productos.

    Hoy, además, es un día señalado para ellos.

    Se celebra San Patricio, una fecha que para Irlanda no es sólo una fiesta, sino un símbolo que significa identidad, tradición y orgullo por sus raíces.

    Por eso hemos querido sumarnos también a esta celebración.

    Hoy estaremos presentes en el Festival de San Patrick de Puerto del Carmen, con un stand en el que quienes se acerquen podrán degustar tres productos: la cerveza Vulcanaloe y la ginebra Gin+Aloe.

    Si pasan por allí, será un placer recibirlos.

    Los esperamos. 🍀

  • Anillo

    Nunca he sido amigo de llevar joyas. No es cuestión de virtud ni de austeridad, simplemente no me interesan.

    Sin embargo, desde hace muchos años hay algo que siempre me acompaña: un reloj.

    No por vanidad, sino por disciplina.

    El reloj tiene una virtud que el ser humano olvida con demasiada facilidad: nos recuerda que el tiempo pasa, y que cada segundo que se escapa no vuelve jamás.

    Tenemos una extraña obsesión por medir. Medimos el peso, la distancia, la velocidad, el rendimiento… casi todo.

    Y no es una mala costumbre. Medir sirve para orientarse, para corregir el rumbo cuando uno se desvía o para confirmar que, pese a todo, sigue avanzando en la dirección correcta.

    Hasta ayer no conocía un nuevo sistema de medición. No es bisutería, aunque lo parezca.

    Se trata de un anillo.

    Un invento europeo, finlandés, que está revolucionando el campo de las mediciones aplicadas a la medicina.

    A simple vista es discreto, casi insignificante.

    Pero dentro de ese pequeño círculo de metal habita una tecnología capaz de medir algo tan escurridizo como la calidad del sueño.

    Y eso, créanme, no es un detalle menor.

    Sobre todo en estos tiempos en los que el mundo parece empeñado, día tras día, en quitarnos precisamente eso: el sueño.

  • Quieto todo el mundo.

    Esta semana murió el hombre que gritó: «Quieto todo el mundo».

    Y más allá del personaje y de suceso histórico, hay algo que conviene recordar desde una mentalidad empresarial: los países no se construyen desde la parálisis.

    Hace 45 años alguien pensó que podía detener el rumbo de una nación a base de autoridad y miedo.

    Que bastaba un grito para congelar decisiones, inversiones, ilusiones y futuro.

    Duró menos de 24 horas.

    Porque cuando una sociedad ha decidido avanzar, no hay orden que la haga retroceder.

    Y eso es exactamente lo mismo que ocurre en la empresa.

    Puedes tener incertidumbre.
    Puedes tener riesgo.
    Puedes tener errores.

    Lo que no puedes tener es inmovilismo.

    El crecimiento —de un país o de una compañía— es una consecuencia directa de la libertad para actuar, invertir, crear y competir.

    Cuando bajas la persiana por miedo, ya has perdido.

    Cuando te quedas quieto esperando que otros decidan por ti, el mercado te pasa por encima.

    España siguió avanzando. Las empresas siguieron creando. La economía siguió moviéndose.

    Esa es la lección.

    Que nadie vuelva a decirnos «quieto todo el mundo».

    Porque los países —igual que las empresas— mueren cuando se quedan quietos.

    Y este no es un país hecho para quedarse quieto.

  • Tajasnoyo.

    Ahora, cuando Lanzarote aún respira la humedad que dejaron las generosas lluvias de enero, nuestro campo se ofrece sin reservas.


    Hay un lugar donde esa belleza se vuelve extraordinaria: las laderas y montañas del municipio de Haría.


    Allí, bajo la sombra del risco de Famara y en los valles que se descuelgan por el norte de la Isla, late la mayor concentración de vida singular de Lanzarote.


    Dicen que hasta el noventa por ciento de los endemismos de la isla encuentra cobijo entre esos pliegues de roca y viento.


    De entre todos ellos, quiero hablarles de uno que siempre me ha fascinado: el tajasnoyo, Ferula lancerottensis.


    Es una planta herbacea, nacida para resistir, endémica y soberana de Lanzarote.


    Su nombre, sin embargo, arrastra una segunda vida.


    En boca de nuestras madres, “pareces un tajasnoyo” no era un elogio botánico, sino una orden encubierta: espabila.


    Era la forma isleña de sacudir al distraído, al que andaba en las nubes, al que hacía el bobo sin darse cuenta.


    Llamar a alguien tajasnoyo quizá sea reprocharle su aturdimiento.

    Pero mirar de cerca su flor obliga a otra cosa: a reconocer que incluso en lo que parece torpe o desgarbado puede esconderse una belleza obstinada, que solo espera ser descubierta.

  • Proexca.

    Desde hace un tiempo, PROEXCA —la entidad que impulsa la proyección exterior de las empresas de Canarias— está haciendo algo que, desde un punto de vista empresarial, tiene mucho sentido.

    Ha incorporado en sus ayudas a la internacionalización convocatorias diferenciadas para las islas no capitalinas, esas que todavía algunos llaman periféricas, sin entender bien lo que implica operar desde ellas.

    La realidad es sencilla: no se compite en igualdad de condiciones.

    Las islas con mayor tamaño económico, mejores conexiones y más masa empresarial parten con ventaja.

    Las otras, además de enfrentarse a los mismos retos que cualquier empresa que quiere salir fuera, soportan el sobrecoste estructural de la doble insularidad.

    Y eso no es un relato: es una cuenta de resultados.

    Diferenciar no es privilegiar. Es ajustar el punto de partida para que la competencia sea real.

    Si queremos que más empresas de todas las islas se internacionalicen, hay que asumir que no todas arrancan desde la misma línea.

    La iniciativa es acertada. Y sería razonable que otras instituciones tomaran nota y diseñaran líneas específicas para las mal llamadas islas menores.

    Porque la equidad económica no consiste en repartir igual, sino en corregir desventajas estructurales.

    Tal vez entonces las mal llamadas islas menores descubran que lo único menor era la mirada con que se las observaba.

  • El lado correcto.

    Escuché a Yolanda Díaz proclamar, con la solemnidad de quien parece haber consultado ya las actas del porvenir, que nuestro Presidente se ha situado en el “lado correcto de la Historia”.

    Y yo me pregunto:

    ¿Cuántos lados tiene la Historia?

    ¿Dos, como en las películas de buenos y malos?

    ¿O tantos como hombres dispuestos a contarla?

    ¿Quién se atreve a repartir las etiquetas?

    ¿Quién se arroga la potestad de ungir héroes y condenar villanos desde su atalaya moral?

    Inevitablemente surge otra pregunta: ¿de qué Historia habla?

    Y, más importante aún, ¿quién sostiene la pluma?

    Porque la Historia no la redactan dioses ni oráculos; la escriben hombres y mujeres con intereses, miedos y ambiciones.

    Y rara vez lo hacen desde la neutralidad y objetividad.

  • León.

    En la sabana, un león nace sin saber que un día será rey.

    La autoridad allí​, no se proclama: se conquista. Y se sostiene.

    En junio llegará a Canarias un León vestido de blanco.

    No trae colmillos ni viene con ejército.

    Su ​poder es de otra naturaleza: la palabra, el símbolo, la conciencia.

    Un poder más frágil en apariencia, pero capaz de incomodar a gobiernos y remover silencios.

    Cuando llegue al Archipiélago, besará una tierra acostumbrada a la hospitalidad y al ​olvido.

    Pisará un territorio que ha mirado de frente, casi en soledad, el drama persistente de la inmigración.

    Este león no administra fronteras​, ni firma decretos migratorios.

    Pero su presencia no es inocente.

    Cuando un pontífice viaja a un lugar como este, no lo hace para la fotografía.

    Lo hace para señalar.

    Y señalar, en política y en historia, es una forma de tomar partido.

    Porque ser rey — en la sabana o en Roma — no consiste únicamente en ocupar un trono.

    Consiste en recorrer el territorio, asumir el peso de lo incómodo y mirar donde otros prefieren apartar la vista.

    Y a veces, eso basta para que se actúe.

  • Quevedo.

    Para quienes aún conservamos la costumbre de nombrar el mundo con palabras propias, ha sido un soplo de aire limpio escuchar la última canción de Quevedo.

    Confieso que apenas lo conozco.

    Su música no frecuenta mis listas, su estilo, admito, no es el que me define.

    Pero una cosa no excluye la otra: hay que saber quitarse el sombrero cuando alguien acierta.

    Y este muchacho ha acertado.

    Primero, porque ha logrado algo nada sencillo: llamar la atención de quienes no lo seguíamos, obligarnos a detener el paso y prestar oído.

    Y segundo —lo más importante— porque ha puesto en pie, con naturalidad y sin complejos, palabras que son carne y memoria del pueblo canario.

    “Ni borracho” se ha convertido en bandera para una parte de la juventud isleña que reconoce en él a un ídolo cercano, alguien que habla como ellos hablan y siente como ellos sienten.

    Y en esa identificación hay algo más que una melodía pegadiza: hay orgullo, pertenencia y una forma de estar en el mundo.

    Magua me da —y lo digo saboreando la palabra— no tener la edad de esa muchachada que vibra con un poeta urbano de nuestro tiempo llamado Quevedo.

    Un Quevedo que nació cuatro siglos después de aquel otro, el del Siglo de Oro, don Francisco, que manejaba el idioma como una espada.

    Distintos siglos, distintas trincheras, pero la misma batalla eterna: la de las palabras.